viernes, 22 de agosto de 2008

1r cap. "CALHAGUARA"

1r capítulo
Esto que van a leer a continuación es un pasaje de mi vida.

Actualmente tengo 46 años. Desde pequeño había oído hablar a mis padres de las hazañas realizadas por mi abuelo. Este era un hombre valiente y emprendedor, su titulación: "Militar", comandante para más señas y vivió hasta los 45 años. Su vida fue corta pero intensa. Residió siempre en el Marruecos español, Villasanjurjo, como se le llamaba antaño, ahora Alhucemas, también en Larache, Tánger…


Cazaba jabalís, perdices, pescaba, dormía en cavilas, incluso una vez durmió en casa de un hombre que resultó ser un leproso. Combatió con valentía y un millón de historias más, que se contaban cada año por Navidades. Admiraba tanto a aquel hombre, que mi vida era un sin sentido en comparación a él.


Procedo de una familia que en su día hizo mucho dinero, sobretodo con el negocio de la construcción. Soy el pequeño de tres hermanos, el mayor es el negociante de la familia y el que dirige los negocios de papá. El mediano, “el cerebrito”, ya va por su tercera carrera y yo, la oveja negra. No me gusta estudiar ni trabajar, pero me conozco cada uno de los prostíbulos de mi ciudad, más bien dicho, de mi país. Mientras que mis hermanos fueron bendecidos por la sabiduría y el tesón a mi el Señor me bendijo en la entrepierna: Así que prefería una buena follada a un gran intelecto.


En fin, mi padre estaba desesperado con su tercer hijo y yo, aburrido, necesitaba de algo más que me sacara de mi desidia y con ello no me refiero a lo intelectual sino a lo más real, no nos engañemos: a lo carnal. Necesitaba de algo más, quizás hacer realidad mis fantasías más eróticas.
Mi mejor amigo y tan golfo como yo, era un marroquí de las tierras del Rif. Me había hablado en numerosas ocasiones de un lugar en algún sitio de África donde el sexo no tenia limites: "Calhaguara".


Desde pequeño Rasit, que es como se llamaba mi amigo, había oído hablar a sus mayores de aquel lugar, pero desconocían su ubicación exacta. Así que decidí emprender, de una vez por todas, la marcha hacia aquel lugar y le dije a mi padre que me gustaría realizar un viaje por Marruecos.


Mi padre, por supuesto, en principio se negó pero con una treta bien planificada le induje a dejarme ir: “Necesito pensar en mi futuro, necesito hacerme un hombre debo vivir al lado de los que no tienen nada para apreciar todo lo que tu me das”…. No pudo resistir a mis argumentos, supongo porque pensó que, de una vez por todas, yo maduraria y dejaría de darle quebraderos de cabeza.


Un mes después, Rasit y yo emprendíamos nuestra aventura. Preparamos un 4x4 de lujo que soportara las inclemencias del desierto y lo habilitamos con todo aquello que mi amigo estimó necesario. Después de pasar el estrecho de Gibraltar y de comprar más viveres en Ceuta, cruzamos la frontera de Marruecos. Mi adrenalina manaba por mis arterias, igual que el semen por la boca de una mujer después de una mamada.


El viaje por el desierto fue bastante pesado, el calor era insoportable durante el día y por la noche refrescaba tanto que dormíamos en sacos, dentro de unas de esas tiendas que las echas al suelo y se montan ellas mismas, Lo jodido era al día siguiente que no había quien entendiera las instrucciones para desmontarla y siempre acababa hecha un ocho en el maletero del coche.


Nuestro propósito era ir preguntando a las gentes para conocer la ubicación exacta del paraíso perdido, pero no había suerte, todos conocían su nombre pero nadie sabía como llegar. Eso sí todos coincidían que debías poseer una gran fortuna para que te aceptaran entrar, cosa que que para mi no era ningún problema, pues podia disponer de ella. Nuestro ánimo se iba mermando a medida que incrementábamos la distancia y nadie sabia darnos razón de cómo llegar a nuestro destino.


No quiero hacerme pesado relatando el viaje etapa por etapa, pues la verdadera historia aún no ha comenzado. Pero sí explicar las sensaciones que me produjo al entrar por primera vez en un zoco lleno de tiendas de un metro cuadrado cada una, de su colorido, de su aroma a especies, el ver barriles de aceitunas de todos los sabores, el vendedor de huevos que escogía uno a uno, mirando a través del Sol, para ver si estaba fecundado o no.


El asco que me dio cuando vi la primera carnicería llena de testículos y cabezas colgadas de corderos y el ruido de montones de moscas que les hacían los honores a tan preciado manjar. Pero al fondo, todo un regalo, las hogazas de pan y las “chuparquías”: unos pastelillos de miel que me volvían loco.


Un atardecer, cuando ya los estábamos dando todo por perdido, divisamos a lo lejos lo que parecía ser un grupo de beréberes. Estaban instalándose. Los camellos agrupados al lado de un pequeño oasis y empezaban a montar sus grandes tiendas.


Al principio nos recibieron con recelo, pero Rasit supo manejar la situación y nos acogieron como si nos conocieran de toda la vida, incluso nos dejaron alojar en una “haima”, después de partirse de risa al ver nuestro ridícula tienda de campaña con forma de iglú. Una vez dentro de una de esas enormes tiendas, nos hicieron sentar en una alfombra, mientras las mujeres preparaban té con ramilletes de hierbabuena. No lo sirvieron ellas, pues Rasit me explicó que en estas tribus nómadas las mujeres no comparten las tiendas con los hombres.


Yo, como siempre, no había perdido el tiempo y ya me habia fijado en la apariencia de ellas. Me llamaron la atención sus grandes abalorios colgados de sus cuellos y orejas, y sus tatuajes de henna en la cara. Por lo demás nada que destacar, excepto una jovencita a quien la brisa ajustaba sus ropajes al cuerpo y se adivinaba unos pechos tersos y un culo apretado que me hizo que se me pusiera dura y a punto de estallar.


En cuanto a los hombres, lo único en lo que me fije fue en el turbante y el pañuelo de la cara: el "litham". Mi amigo, mientras, hablaba sin parar con aquella gente, pero de pronto un ángel paso y todos callaron, Rasit había pronunciado el nombre de Calhaguara. El que parecía ser el jefe rompió el silencio y siguió hablando en susurros, yo intenté, sin conseguirlo, saber qué era lo que estaba diciendo.


Cuando todos dormían le pregunté a mi amigo que coño había dicho el individuo y él con una sonrisa me contesto: “Amigo tenemos lugar y día”, y luego rompió a reír, eso sí, bien bajito, para no despertar a nadie.


No podía dormir así que salí fuera de la tienda a fumarme un cigarro, y me senté en el suelo para contemplar mejor la Luna blanca como un plato de cerámica y soñar despierto en aquel lugar. Oí un ruido tenue a mi izquierda y contemple la figura de una mujer a unos 50 metros de donde yo me encontraba: era aquella muchacha a la que le había echado el ojo unas horas antes. La seguí con la mirada y, al instante, me levanté y fui detrás de ella a paso lento.


La muchacha sabía que yo la seguía y continuó hasta llegar a un pequeño estanque de agua, donde se agacho como para mirar su rostro en sus aguas cristalinas. Aquella postura desató mis más primitivos deseos. Mi miembro viril estallaba: y decidí pasar a la acción. Llegué hasta ella y me puse de rodillas por detrás. La muchacha, en lugar de asustarse, o, por lo menos, sorprenderse, empezó a contornear su cuerpo ante mis ojos, no pude más y le subí la vestimenta hasta la cintura, sus nalgas aterciopeladas, despedían un suave reflejo de la Luna, las apreté y manoseé al igual que sus pechos turgentes y sus pezones duros y prominentes, hasta el punto de pensar que quizás le estaba haciendo daño, pero ella no se quejó. Me bajé el pantalón hasta las rodillas y la poseí como un perro salido, ella comenzó a gemir y yo.............


(Continuará.....)


2 comentarios:

Sol Nortino dijo...

Mi aliento a continuar escribiendo ,está muy bién hilada la narración y muy buena historia ,un abrazo desde Chile

Alicia dijo...

bravo amantis
estoy esperando los siguientes capitulos